Hace unos años, una mujer relató cómo una relación tensa con su hermana se había convertido en una carga emocional. Las heridas del pasado, las diferencias de carácter y los silencios prolongados habían levantado un muro entre ellas. Pero un día, mientras meditaba en el amor incondicional de Cristo, se atrevió a orar: “Señor, ayúdame a verla como Tú la ves.” Con el tiempo, su corazón se ablandó. Pudo acercarse, perdonar y restaurar la relación, no por sus propias fuerzas, sino por el amor de Dios obrando en ella.
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